Fifth Sunday in Ordinary Time, Year A-2017

From Vincentian Encyclopedia
Salt of the earth and light of the world

Jesus is the first to be the salt of the earth and the light of the world. He appoints the disciples to be the salt of the earth and the light of the world also.

First, salt cleans and preserves food. It also seasons it, giving it taste. Hence, to say Jesus is salt is to say he cleanses human life and keeps it from spoiling. He makes it delightful besides, lest we find it as Job did. He lamented, “Is not man’s life on earth a drudgery? Are not his days those of a hireling?”

Secondly, light is for lighting, helping us to see and do things at night. And it provides orientation when it is dark. Needless to say, this is what Jesus means to human beings.

And what Jesus means to us is also what he expects his disciples to be. He certainly makes it clear that, unless we carry out our mission, we will not be good for anything.

Yes, Jesus entrusts to us a mission: “As the Father has sent me, so I send you.” He does not want us to lock ourselves up in in any way (EG). He commands us to go out of our security and comfort.

And he breathes on us precisely to equip us for our mission. The Holy Spirit turns us who cling to our cloisters, structures, rules and habits into a “Church which goes forth.”

Indeed, there is a demand on us to “go forth to offer everyone the life of Jesus Christ” (EG 49). We have to dare “to reach all the ‘peripheries’ in need of the light of the Gospel” (EG 20). And we will let the Spirit move us to go forth to other towns. We will “seek those who have fallen away, stand at the crossroads and welcome the outcast” (EG 24). Likewise, we will be open to those at the greatest risk and will welcome refugees.

And we cannot falter, or we will be like the salt that has gone tasteless or a lamp that is under a bushel basket.

But true Christians cannot but stay excited. That is because they recognize that their works rest not on human wisdom but on the power of God. Truly zealous, they leave no room to laziness or to indiscreet zeal (CRCM XII:11). Hence, they do not lose hope even when everything appears to be a lost cause. They know that God will make the light of the merciful and just shine in the darkness. They are certain about this because of the one who, giving his body up and shedding his blood, draws everyone to himself.

Lord Jesus, you want us to be the salt of the earth and the light of the world: grant that, like you, we may season and enlighten.


5 February 2017

5th Sunday in O.T. (A)

Is 58, 7-10; 1 Cor 2, 1-5; Mt 5, 13-16


VERSIÓN ESPAÑOLA

Sal de la tierra sois y luz del mundo

Jesús es el primero en ser la sal de la tierra y la luz del mundo. Él destina a los discípulos para ser la sal de la tierra y la luz del mundo también.

En primer lugar, la sal purifica y conserva alimentos. También los sazona o les da sabor. Por tanto, decir que Jesús es sal es decir que él purifica y preserva la vida humana de la corrupción. Él la hace deleitable además, para que la vida no nos resulte como a Job. Éste lamentaba: «El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero».

En segundo lugar, la luz alumbra, ayudándonos a ver y hacer cosas durante la noche. Y nos orienta cuando nos hallamos en la oscuridad. Huelga decir que esto es lo que significa Jesús para los hombres.

Y lo que es Jesús para los hombres es lo que él espera que seamos también los discípulos. Nos deja claro ciertamente que, no sea que cumplamos con nuestra misión, no serviremos absolutamente para nada.

Sí, Jesús nos confía una misión: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». No quiere que nos encerremos de ninguna forma (EG). Nos manda salir de nuestra seguridad y comodidad.

Y exhala su aliento sobre nosotros precisamente para capacitarnos para la misión. El Espíritu Santo nos transforma a los aferrados a nuestras clausuras, estructuras, normas y costumbres en una «Iglesia en salida».

De verdad, se nos exige a que salgamos «a ofrecer a todos la vida de Jesucristo» (EG 49). Hemos de atrevernos «a llegar a todas la periferias que necesitan la luz del Evangelio» (EG 20). Dejaremos al Espíritu impulsarnos a salir hacia otros pueblos. Buscaremos a los lejanos, llegando «a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos » (EG 24). Nos abriremos también a los más arriesgados y a los refugiados.

Y no se nos permite desfallecer; de lo contrario seremos como la sal vuelta sosa o una vela encendida, pero debajo del celemín.

Pero los verdaderos cristianos no pueden sino mantenerse llenos de illusiones. Es que reconocen que sus obras no se apoyan en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios. Realmente celosos, no dan ningún lugar ni a la pereza ni al celo indiscreto (RCCM XII:11). Por eso, aun cuando les parezca que todo está perdido, no pierden la esperanza. Saben que Dios hará brillar en las tinieblas la luz de los misericordiosos y justos. Les da certeza al respecto el que, entregando su cuerpo y derramando su sangre, atrae a todos hacia sí.

Señor Jesús, nos quieres sal de la tierra y luz del mundo: haz que, como tú, sazonemos e iluminemos.


5 Febrero 2017

5º Domingo de T.O. (A)

Is 58, 7-10; 1 Cor 2, 1-5; Mt 5, 13-16