Fifteenth Sunday in Ordinary Time, Year C-2019

From Vincentian Encyclopedia
Neighbor Even to Our Hateful Enemies

Jesus, more than anybody else, is neighbor to us. Dealing mercifully with those in need, we get to do as he does.

A legal scholar tests Jesus, and Jesus turns the tables on him and tests him. The scholar, however, passes the test. But not wanting perhaps to come off worse from the discussion, he asks, “And who is my neighbor?”

The scholar asks if the neighbor is only a fellow Jew or also a foreigner. Should he love only those who keep the law? Or is a tax collector who works for the Romans a neighbor too? So, what the scholar wants to know is whom he should love, and not love.

And once again, Jesus turns the tables on him. He asks, “Which of these three … was neighbor to the robbers’ victim?” And so, he suggests that the question should not be, “Who is my neighbor?” but instead, “Am I neighbor to others?”

The burden of proof, then, is not on other people. Not on the strangers who turn up near us helpless, hapless. They do not have to show that are they worthy of our love. Rather, the burden is on each one of us to prove we can be neighbor.

The follower of Jesus is neighbor to others.

True Christians follow Jesus who is the best neighbor. To be near us, he becomes like us in every way but sin. Made flesh, he dwells among us. He is God-with-us, and so we can go near and see the invisible God. He is the neighbor who puts others’ well-being ahead of his own life even.

One cannot, then, be true to Jesus without being neighbor to others, especially to those whom many people avoid. Those who follow Jesus do not only love those who love them or are like them. They also are to love their enemies. For they must be as merciful as their Father. That is how they become children of the Most High, who is kind to the good and the wicked.

To be discriminating is to misunderstand love. Love is an orientation, it is one. We cannot at the same time face north and south, east and west. We cannot love God and not love our neighbor, love the righteous and not the unrighteous, love those who come in with papers and not those without them.

To discriminate is to dissect everything. And it only makes love seem far, way up there or deep down below, beyond reach. Moreover, it puts us at risk of not being among the childlike, to whom God reveals his mysteries. We are to keep the true religion (SV.EN XI:190).

Lord Jesus, as we share in your Supper make us stand joyfully and hopefully ready to welcome your return, when you will pay us back for being neighbor to the least of your brothers and sisters.


14 July 2019

15th Sunday in O.T. (C)

Dt 30, 10-14; Col 1, 15-20; Lk 10, 25-37


VERSIÓN ESPAÑOLA

Prójimo aun de nuestros odiosos enemigos

Jesús, más que nadie, es prójimo de nosotros. Practicando la misericordia con los necesitados, logramos hacer lo mismo que él.

Un maestro de la ley pone a prueba a Jesús, y Jesús, volviendo las tornas, le pone a prueba al maestro. Pasa éste, sin embargo, la prueba. Pero quizás para no salir malparado de la discusión, pregunta él: «¿Y quién es mi prójimo?».

Pregunta el maestro si prójimo se refiere solo a otro judío o también a un forastero. ¿Se ha de amar solo al observante de la ley o incluso al publicano colaborador de los romanos? Así que quiere saber el maestro a quién amar o no.

Y una vez más, vuelve Jesús las tornas. Pregunta: «¿Cuál de estos tres … ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». Así pues, da a entender que en lugar de preguntar: «¿Quién es mi prójimo», se debe preguntar: «¿Soy yo vecino de los demás?».

La carga de la prueba no recae, entonces, en los demás. Ni en los desconocidos que se presentan indefensos, desventurados, cerca de nosotros. No les corresponde demostrar que son dignos de nuestro amor. A nosotros más bien nos incumbe portarnos como prójimos de ellos.

El seguidor de Jesús es prójimo de los demás.

Los verdaderos cristianos siguen a Jesús, el mejor prójimo. Para estar cerca, él se hace en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado. Hecho carne, habita entre nosotros. Él es Dios-con-nosotros y, por eso, podemos ver al Dios invisible y acercarnos a él. Es el prójimo que antepone el bienestar de los demás a su propia vida.

Por tanto, uno no puede ser fiel a Jesús sin ser prójimo de los demás, especialmente de los evitados por la gente. Los seguidores de Jesús no aman solo a sus semejantes y a los que los aman. Han de amar también a sus enemigos. Pues deben ser compasivos como su Padre. Así se hacen hijos del Altísimo que es bueno con los justos e injustos.

Excluir a algunos de nuestro amor quiere decir no comprender el amor. El amor es una orientación, es uno. No podemos orientarnos a la vez hacia el norte y el sur, hacia el este y el oeste. No podemos amar tampoco a Dios sin amar al prójimo, a los justos sin amar a los injustos, a los documentados sin amar a los indocumentados.

Hacer distinciones en cuanto a quién amar o no amar significa hurgar. Y esto solo resulta en que el amor se parezca demasiado lejano, inaccesible, insondable, inalcanzable. Debido a esto además, corremos el riesgo de no ser de la gente sencilla a la que revela Dios sus misterios. Tenemos que conservar la verdadera religión (SV.ES XI:120).

Señor Jesús, haz que los que participamos de tu Cena esperemos tu gloriosa venida, para que nos lo pagues lo que gastemos por portarnos como prójimos de tus más pequeños hermanos y hermanas.


14 Julio 2019

15º Domingo de T.O. (C)

Dt 30, 10-14; Col 1, 15-20; Lc 10, 25-37