Fifteenth Sunday in Ordinary Time, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
Let us then go to him outside the camp, bearing the reproach that he bore (Heb. 13:13—NABRE)

Jesus is rejected in his own native place, among his own kin and in his own house. Aren’t those settled in their house too satisfied perhaps with the amenities and formation afforded by familiar surroundings that there is no one other preacher or teacher who can show them a more comfortable life or teach a justice exceeding theirs?

Regardless of whether this is the case or not, let me say that one risk homebodies run is their possibly coming to believe that they know it all and are not in need of any continuing formation or of reformation. Another danger is that it may not take the domesticated too long to take for granted the goods and benefits they enjoy at home or to feel entitled to all of them. Self-complacency and lack of gratitude do not make for openness to grace, the praise of God who has blessed and chosen us in Christ or the beatitudes.

Blessed are the poor, for theirs is the kingdom of heaven, they being the ones who most listen to God’s call. God calls the poor, yes, those who find security only in God, not in the roof over their heads, nor in wisdom, power or fame. He sends Amos who is not part of the royal sanctuary, is a shepherd and a dresser of sycamores, without priestly or prophetic pedigree. Jesus entrusts the mission to fishermen, a tax collector and to seven more, whose occupations are not mentioned, and so, not notable, presumably. God can make use of whomever he likes, but he chooses the poor especially, so that they may work with Jesus in the building of the Church or in repairing what is falling into ruin. For they hold little or no promise of formation or reformation, those who are seated on the magisterial chair, the guardians of sound doctrine and right conduct. These scheme deceits and plots against the prophets of reform and put their tradition, their interests, their careers and their dreams of fame ahead of God’s word and glory, ahead of the common good and the salvation of souls.

The poor, not having anything to lose, are the ones to go swiftly out two by two to be the presence of him who guarantees his being in the midst of the two or three who are gathered in his name, the same one who goes about doing good, preaching repentance and serving as instrument of healing. The poor do not let themselves get bogged down by heavy baggage and are content to bring along only the bare essentials. They depend on God, and on his servants, for food and lodging. They stay in the same house for the duration of the mission, lest they dishonor their host and show themselves opportunists who seek for themselves the best accommodations. Lowly, they do not lord it in a triumphalist manner over those who do not welcome them or listen to them, even though they express disapproval.

The poor embody better than anybody the evangelization of the poor and most effectively bring it about. They are the sacraments of the one who suffered outside the gate, whose presence is signified and realized in the Eucharist. To pay attention to them is to discern the body of Christ.

And it is for this reason that we exert effort to comply with St. Vincent de Paul’s exhortation: “Let us go then and be about serving the poor with new love, looking for the poorest and the most abandoned” [1]. To go to the poor and be with them, that is how one responds persuasively, according to Bl. Frédéric Ozanam, to critics who put into question the credibility of the Church [2].

NOTES:

[1] P. Coste XI, 393.
[2] Cf. Frédéric Ozanam.


VERSIÓN ESPAÑOLA

15° Domingo de Tiempo Ordinario, Año B-2012

Salgamos, pues, a encontrarlo fuera del campamento, cargados con su oprobio (Heb 13, 13)

Jesús es rechazado en su tierra, entre sus parientes y en su casa. Los establecidos en casa, ¿acaso no están ellos demasiado contentos con las amenidades y la formación aportadas por el ambiente familiar que no hay ningún otro predicador o maestro que les señale otra vida más amena o les enseñe una justicia mayor?

Pero sea así o no el caso, permítaseme decir que un riesgo que corren los hogareños es que posiblemente lleguen a creer sabérselo todo y no tener ninguna necesidad de formación continua o de reformación. Otro peligro es tal vez los domesticados no tarden en no apreciar los bienes y los beneficios que se gozan en casa o en sentirse con derecho a todos ellos. La autocomplacencia y la falta de gratitud no contibuyen a que nos abramos ni a la gracia ni a la alabanza de Dios que nos ha elegido en la Persona de Cristo ni a las bienaventuranzas.

Dichosos los pobres, porque de ellos es el reino de los cielos, siendo ellos los que más prestan atención al llamamiento de Dios. Dios llama sí a los pobres, a los que hallan la seguridad sólo en Dios, y no en el techo, la sabiduría, el poder o la fama. Envía a Amos que no forma parte del santuario real, y es pastor y cultivador de higos, sin ascendencia ni sacerdotal ni profética. Jesús confía la misión a pescadores, a un cobrador de impuestos y a siete más de ocupaciones que se pueden suponer no notables, pues no son notadas. Dios puede servirse de cualesquiera que quiera, pero elige especialmente a los pobres para que colaboren con Jesús en la construcción de la Iglesia o la reconstrucción de la que está en ruinas, que prometen poco o nada de la formación o la reformación los sentados en la cátedra magisterial y los defensores de la sana doctrina y de la recta conducta. Éstos urden engaños y conspiraciones contra los profetas reformadores, y anteponen su tradición, sus intereses, sus carreras y sus sueños de fama a la palabra y la gloria de Dios, al bien común y a la salvación de las almas.

Son los pobres quienes, sin nada que perder, ligeros van de dos en dos a su misión de ser la presencia del que garantiza su asistencia en la congregación—en su nombre—de dos o tres, el mismo que pasa haciendo el bien, predicando la conversión y sirviendo de instrumento de sanación. Los pobres no se dejan embarazar por un bagaje pesado y se contentan con llevar consigo nada más que lo realmente necesario. Dependen de Dios, y de los servidores de él, para su comida y alojamiento, quedándose en la misma casa por la duración de la misión para no faltarle respeto al que los hospeda ni mostrarse oportunistas por cambiar de una casa a otra para buscarse la mejor comodidad. Humildes, no dominan de modo triunfalista al pueblo que no los recibe ni los escucha, si bien manifiestan su desaprobación.

Son los pobres quienes encarnan, mejor que nadie, la evangelización de los pobres y más eficazmente la realizan. Son sacramentos del que murió fuera de la murallas, cuya presencia se significa y se efectúa en la Eucaristía. Hacerles caso es discernir el cuerpo de Cristo.

Y es por eso que nos esforzamos en cumplir la exhortación de san Vicente de Paúl: «Vayamos y ocupémonos con un amor nuevo en el servicio de los pobres, y busquemos incluso a los más pobres y abandonados» (XI, 273). Ir a los pobres y acompañarlos, así se responde persuasivamente, según el beato Federico Ozanam, a los críticos que ponen en cuestión la credibildad de la Iglesia.