Epiphany of the Lord, Year C-2013

From Vincentian Encyclopedia
God is love (1 Jn. 4:8)

In our church the other day, just before the Consecration, a boy of twelve years or so began to scream. He appeared to be going berserk. He showed so much strength the father could hardly pin him down on a bench. Unable to do anything, the mother, like Mary at the foot of the cross, just stood there, next to her son, her eyes streaming with tears. Three parishioners came to their assistance. The priest left the altar to offer comforting and reassuring words. The choir director brought holy water.

This commotion reminded me—in-between the prayers as the Mass went on and the howling and the groaning that the boy continued to make—of the Gerasene demoniac (Mk. 5:1-13). But this was a case of some sort of seizure that someone with Down syndrome had.

And as though the disturbance during Mass was not enough, after Mass my wife and I found out, upon greeting a friend with cancer, that the doctors had given up hope on her. She only has four months to live.

Both the boy and our friend, along with the victims of recent shootings, have left me reflecting on the need we have of the glorious appearance of our Savior. Helpless, like a mother, in the face of evils that afflict us, we long for the return of the one who went about doing good, driving out evil spirits, curing the sick and preaching the good news about passing over from death to life. We urgently need the glory of the Lord to shine upon us and dissipate the darkness in our lives.

Admittedly, not everyone believes as we do. There are not a few who are confirmed in their atheism, agnosticism, cynicism, skepticism or pessimism because of the existence of evil. But Jesus came also, or precisely, to call them. And it is our duty to draw to our yearning for Jesus’ coming those who are different from us, the “Gentiles,” let us say.

To fulfill this responsibility, one does not need to engage in a debate. Better if one, in imitation of the pagan Magi, acknowledges one’s imperfect knowledge (1 Cor. 13:12) and lives with openness to the truth, pursuing it with humility. One cannot play Herod, then, insensitive to all revelation, and to the signs of the times, for clinging to power at all costs and locking himself up in his interests, vitiating the search for the truth with his selfishness, assembling people “secretly,” which smacks of something sinister.

Better still that we serve as instruments of the manifestation of the Lord through works of justice and love in behalf of the poor who, seen by the light of faith, represent to us, says St. Vincent de Paul, the Son of God [1]. It is through the good Samaritan, through those who “leave God for God”—like the one who went out of the sanctuary and those who forewent their kneeling down in prayer—that the one who hears the cry of the poor is made manifest, not through either the priest or the Levite or those who might have wished that the Mass were not interrupted.

In the Lord’ Supper, the body of Christ is manifestly discerned when those in need are given attention. This is the Christmas gift that best indicates who Jesus is.

NOTE:

[1] P. Coste XI, 32.


VERSIÓN ESPAÑOLA

Epifanía del Señor, C-2013

Dios es amor (1 Jn 4, 8)

En nuestra iglesia, el otro día, un poco antes de la Consagración, un muchacho de unos doce años empezó a gritar. Parecía volverse loco. Mostraba tanta fuerza que apenas consiguió su padre sujetarlo contra un banco. Sin poder hacer nada, la madre, como María junto a la cruz, se quedó allí de pie, junto al hijo, sus ojos deshaciéndose en lágrimas. Tres feligreses vinieron en su auxilio. El presbítero se fue del altar a ofrecer palabras alentadoras y tranquilizantes. El director del coro trajo agua bendita.

Esta conmoción me recordó—entre las oraciones de la misa que continuaba y los horrorosos alaridos y gemidos que seguía dando el muchacho—al endemoniado geraseno (Mc 5, 1-13). Pero esto fue un caso de un tipo de ataque que sufrió alguien con síndrome de Down.

Y por si fuera poco el disturbio durante la misa, después de ella mi esposa y yo, al saludar a una amiga con cáncer, nos enteramos de la triste noticia de que los médicos ya habían desahuciado a ella. Le quedan sólo cuatro meses de vida.

Tanto el muchacho como nuestra amiga, junto con las víctimas de tiroteos más recientes, me han dejado meditando en la necesidad que tenemos de la aparición gloriosa de nuestro Salvador. Impotentes, como una madre, ante los males que nos afligen, anhelamos el regreso del que pasaba haciendo el bien, expulsando a los espíritus malos, curando a los enfermos y predicando la buena noticia del tránsito de la muerte a la vida. Necesitamos con urgencia que amanezca sobre nosotros la gloria del Señor y disipe las tinieblas de la vida.

Se ha de admitir que no todos creen igual que nosotros. No son pocos los que se confirman en su ateísmo, agnosticismo, cinismo, escepticismo o pesimismo a causa de la existencia del mal. Pero a llamarlos también, o precisamente, vino Jesús. Y nos toca atraerlos a nuestra añoranza por la venida de Jesús a los que no son como nosotros, a los «gentiles», digamos.

Para cumplir con esta responsabilidad, no se le requiere a un cristiano involucrarse en un debate. Mejor si uno, a imitación de los magos paganos, reconoce que su conocimiento es imperfecto (1 Cor 13, 12) y vive abierto a la verdad, yendo en pos de ella con humildad. Uno no hará, pues, de Herodes, insensible a toda revelación y a los signos de los tiempos por aferrarse al poder a toda costa y encerrarse sólo en sus intereses, viciando la búsqueda de la verdad con su egoísmo, convocando a gente «en secreto», lo que huele a algo siniestro.

Mejor aún será que sirvamos de instrumentos de la manifestación del Señor mediante las obras de justicia y amor en favor de los pobres que, vistos con las luces de la fe, nos representan al Hijo de Dios, dice san Vicente de Paúl (XI, 725). Por medio del buen samaritano, de los que «dejan a Dios por Dios»—como el que salió del santuario y aquellos que se privaron de su arrodillamiento en oración—se manifiesta el que oye el clamor de los pobres, no por medio ni del sacerdote ni del levita ni de los que quizás habrían preferido que no se les hubiese interrumpido la misa.

En la Cena del Señor, se discierne manifiestamente el cuerpo de Cristo en cuanto se les hace caso a los necesitados. Esto es el aguinaldo que mejor indica quién es Jesús.