Epiphany of the Lord, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
Blessed are the clean of heart, for they will see God (Mt.5: 8—NABRE)

In an outburst of devotion perhaps, one looks for a few moments to the heavens and sees the rising of the star of the King of the universe who reveals himself to Jews and Gentiles alike and is worthy of everybody’s worship and gifts. But finding the meaning of the star or the person to whom it points can be difficult.

For one thing, one has to set out on roads, unfamiliar and long, toward strange and far-away places, guided in the dark only by the star. And the traveler, upon arriving in the capital, runs the risk of getting distracted, beset that one is by the cacophony prevailing there [1], and of letting the light of the vision to fade amidst the glitter of the seat of political and religious power.

For another, discernment supposes the humility that disposes even a wise man to admit, without any ulterior motive, his inadequacy and consult with the experts. And would not the visionary’s difficulties be compounded should his testimony trouble greatly the supposed political leaders and spiritual directors? They would no doubt prefer suppressing the vision to letting it blossom, those who are made to feel insecure and threatened by it as it seems to forebode the loss of places of control and power, with their attendant benefits, privileges, honors and trappings, enjoyed all in the manner of the rulers of the Roman Empire, supposedly long-dead.

But thank God, not all consultants are like so. There have always been those who exercise authority by serving others and maintain their primacy by being everyone’s slaves. These folks will definitely help the neophyte to understand the sign seen from afar of the divine presence and see face to face the signified. They will teach him that the gift of revelation, coming not from flesh and blood but rather from the heavenly Father (cf. Mt. 16:17; Ps. 51:7, 10), cannot be maintained and developed unless one renounces duplicity and falsehood, from which arises the worship of idols—of money, power, sex, luxury—and lives truth, justice and charity (Ps. 24:4; 73; Is. 1:16-17). The beginner will learn that Jesus is made manifest in such spiritual guides and they will see him clearly as the one who came not to be served but to serve and give his life as a ransom for many.

Jesus, then, will be recognized in the breaking of the bread. One no longer gets fixated on appearances but instead, like God and St. Vincent de Paul also, looks into the heart. Jesus is seen in the faces of the poor, “faces that bring us, live and directly, the reality of the incarnation, the abasement of the Son of God—to quote Father Celestino Fernández, C.M., and make a reference to an article by Father Félix Álvarez, C.M. [2].

And if one truly receives in communion the man of sorrows, drinking his cup and being baptized with his baptism, and thus becomes coheir and member of the same body, such one will soon be able to say to the Lord: “I had heard of you by word of mouth, but now my eye has seen you” (Job 42:5). He will also, with St. Elizabeth Ann Seton, bless the Lord for allowing him to share and lessen the vexations and cares of another person [3].

NOTES:

[1] Cf. Paul VI’s address during his January 5, 1964 visit to the Basilica of the Annunciation in Nazareth.
[2] Cf. http://www.paulesmadrid.org/boletin/noviembrdi2011.pdf (accessed December 31, 2011).
[3] Cf. [http://www.scny.org/setonmuseum/visit_words.html (accessed December 31, 2011).


VERSIÓN ESPAÑOLA

Epifanía del Señor, Año B-2012

Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt. 5, 8)

En un estallido quizás de devoción, uno mira por unos momentos hacia los cielos y se cree favorecido con la salida de la estrella del Rey del universo, el que se revela a judíos y gentiles y es digno de la adoración y los regalos de todo el mundo. No le resulta fácil a uno, sin embargo, acertar tanto el significado de la estrella como el señalado por ella.

Para empezar, uno tiene que emprenderla para caminos desconocidos y largos, y para lugares extraños y lejanos, guiado en la oscuridad por la estrella solamente. Y el viajero, al llegar a la capital, corre el riesgo de distraerse y atolondrarse por tanto ruido que allí prevalece y dejar que la luz de su visión se atenúe por el brillo de la sede de poder politico y religioso.

Y otra cosa más, el discernimiento supone la humildad que dispone aun a un mago a reconocer, sin ningún motivo oculto, su insuficiencia y consultar con los expertos. Y, ¿acaso no se agravarían las dificultades del visionario si su testimonio les pusiese muy nerviosos a los supuestos líderes políticos y directores espirituales? Preferirían sin duda suprimir la visión a permitirla florecer aquellos que se sienten inseguros y amenazados por la que presagie tal vez la pérdida de puestos de mando y poder, con todos sus concomitantes beneficios, honores, privilegios y atavíos, gozados todos al estilo de los mandatarios del imperio romano, supuestamente difunto hace mucho tiempo.

Gracias a Dios, sin embargo, que no todos los consultores son así. Siempre ha habido quienes ejercen la autoridad sirviendo a otros y mantienen su primacía haciéndose esclavos de los demás. Esa gente le ayudarán definitivamente al neófito a comprender la señal vista de lejos de la presencia divina y ver al señalado cara a cara. Le enseñarán que el don de revelación, recibido no de ningún ser humano sino del Padre celestial (cf. Mt. 16, 17; Sal. 50, 7. 10), no se puede conservar y desarollar a no ser que se renuncie a la doblez y la falsedad, de las que proviene el culto de ídolos—de dinero, poder, sexo, lujo—y se vivan la verdad, la justicia y la caridad (Sal. 23, 4; 72; Is. 1, 16-17). El principiante aprenderá que en tales guías espirituales queda manifestado Jesús y lo verá con claridad como el que vino no para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate de muchos.

Se le reconocerá a Jesús, pues, en la fracción del pan. Uno ya no se fija en las apariencias sino que uno ve, como Dios y como san Vicente de Paúl también, el corazón. A Jesús se le ve en los rostros de los pobres, «rostros que nos actualizan, en vivo y en directo, la encarnación, el abajamiento del Hijo de Dios»—por citar al Padre Celestino Fernández, C.M., y hacer referencia al artículo «Otros rostros para otra Navidad» del Padre Félix Álvarez, C.M.

Y si uno comulga de verdad con este varón de dolores, bebiendo su copa y bautizándose con su bautismo, y así se hace coheredor y miembro del mismo cuerpo, de pronto podrá decirle al Señor: «De oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos» (Job 42, 5). También, como santa Isabel Ana Seton, uno le bendecirá al que le permite compartir y reducir las aflicciones y las preocupaciones de otra persona.