Eighth Sunday in Ordinary Time, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
You have been purchased at a price (1 Cor 6, 20)

God considers us very dear and very precious. Do we take ourselves according to his appreciation of us?

Jesus teaches that we human beings are worth much more than all the wealth we may have accumulated and may be able to amass. Hence, it is not right that we lower ourselves in order to serve mammon as though it would guarantee security and salvation. These belong to those who accept the invitation to be at the service of God’s kingdom. The invitation itself is one more way to affirm our worth.

Jesus indicates besides that neither food nor clothes bring us dignity. Dignity comes from God who created us, male and female, according to his image and likeness.

But the Creator values and exalts us even more by making us his children and heirs. God is the heavenly Father who takes care of all creation. In contrast to the deists’ unconcerned deity, our God does not cease caring even for the birds and the wild flowers. And since we are more important than they, we can then put our trust in our Father, whose love, both affective and effective, surpasses a mother’s love for her infant.

We have no reason to worry or despair, even when it seems that, as in the Philippines, there is no leader, whether political, ecclesiastical or otherwise, who brings hope. Unlike pagans, we believe in a provident God who knows our needs beforehand and whose concern for us confirms our worth as his chosen ones. Rather, we have reason to take part first in the project of God’s kingdom and justice.

If we seek thus God’s kingdom and his justice, to us will be given besides the stature and all the things that no amount of worrying about our basic needs or about security and superiority in the future can give. The security and stature that really matter are those that match God’s appreciation of us.

Do we value ourselves in accordance with how much God values us? How much we esteem ourselves shows in how much we esteem others, especially those looked down upon and considered useless. If, following St. Vincent de Paul’s exhortation (Coste XI, 32), we turn the medal and see Jesus in the poor who have neither majestic bearing to catch our eyes nor beauty to draw us to them, this is a good indication that we have the right appreciation of ourselves.

But if, on the contrary, we like making rash and hurting judgments, are not these only a spilling out of our low self-esteem? Low self-esteem cannot only turn scornful, but also quite divisive and destructive.

And, of course, we who partake of the Lord’s Supper with equal dignity are called to the unity and the building-up of the body of Christ.


VERSIÓN ESPAÑOLA

8º Domingo de Tiempo Ordinario A-2014

Os ha comprado pagando un gran precio (1 Cor 6, 20)

Carísimos y muy preciosos nos considera Dios. ¿Nos tomamos según su aprecio de nosotros?

Enseña Jesús que los hombres somos de mucho más valor que toda la riqueza que tengamos acumulada o podamos amasar. Por eso, no está bien que nos rebajemos para hacernos siervos del dinero como si éste garantizara la seguridad y la salvación. Éstas pertenecen a los que aceptan la invitación al servicio del reino de Dios. Tal invitación es una forma más de afirmar nuestro valor.

Da a entender además Jesús que no nos confieren dignidad ni la comida ni los vestidos. La dignidad viene de Dios que nos creó, hombre y mujer, a su imagen y semejanza.

Pero nos valora y nos enaltece aún más el Creador al hacernos hijos y herederos suyos. Dios es el Padre celestial que cuida de toda la creación. A diferencia del dios indiferente de los deístas, nuestro Dios no cesa de preocuparse incluso por los pájaros y las hierbas. Y como valemos más que ellos, entonces podemos confiar en el Padre. Su amor, afectivo y efectivo, supera el amor que tiene una madre por su criatura.

No hay por qué afanarnos o deseperarnos, aun cuando parezca que, como en las Filipinas, ningún líder, o político, eclesiástico o de cualquier otro tipo, aporta esperanza. No como los paganos, creemos en un Dios providente que ve de antemano nuestras necesidades y nos proporciona todo lo que realmente necesitamos, y cuya preocupación por nosotros confirma nuestra excelencia como sus elegidos. Razón más bien hay para que primero colaboremos en el proyecto del reino y la justicia de Dios.

Si así buscamos el reino de Dios y su justicia, se nos darán por añadidura la estatura y las demás cosas que no puede dar ningún afán por nuestras necesidades básicas o por la seguridad y la superioridad en el mañana. La seguridad y la estatura que realmente valen son las que concuerdan con el aprecio que tiene Dios de nosotros.

¿Nos valoramos según nos valora Dios? Cuánto nos estimamos se manifiesta en cuánto estimamos al prójimo, especialmente al menospreciado y tomado por inútil. Si, siguiendo la exhortación de san Vicente de Paúl (XI, 725), le damos vuelta a la medalla y vemos a Jesús en los pobres que no tienen belleza que nos atraiga ni aspecto que nos cautive, esto es buen indicador de que nos apreciamos debidamente.

Pero si, por el contrario, nos gusta hacer juicios temerarios e hirientes, ¿no sería esto solo un modo de desahogar nuestra baja autoestima? La baja autoestima no solo puede devenir despreciativa, sino también bien divisiva y destructora.

Y, claro, los partícipes de la Cena del Señor, iguales en dignidad, somos llamados, a la unidad y la edificación del cuerpo de Cristo.


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