Eighteenth Sunday in Ordinary Time, Year C-2019

From Vincentian Encyclopedia
Wise and Rich before God along with Jesus

There is no one like Jesus among those who are wise and rich before God. Those who follow him and live like him share his wisdom and his riches.

People generally take Teachers of the law to be wise. That is why they go to them to settle inheritance issues even. It should not be surprising, then, that someone who considers Jesus as such a teacher asks help about an inheritance matter.

Jesus says “no.” But the occasion becomes a teachable moment as he warns the crowd against greed. That is, he lays out a radical solution to an old problem.

Jesus addresses, yes, the root of problems about inheritance, the gap between rich and poor, and other things. And right away he tells them the parable of the rich fool. He underscores that, though one may be rich, one’s life does not consist of possessions.

In other words, we must wholly trust in God, and not in wealth or in any other thing. To be wise, we have to learn to “number our days aright” (Ps 90, 12). We fool ourselves when we daydream that we can avoid death with money (see Ps 49). Or that success and wealth can follow us below.

But to be wise and rich before God means, above all, to follow Jesus and to live like him.

Jesus surely puts his trust wholly in God. That is why he does not mind that he has nowhere to lay his head. Not imprisoned in himself, his interests or security, he freely goes about doing good. And proclaiming the good news.

And he takes nothing with him, neither walking stick, nor sack, nor food, nor money, nor extra clothes. He trusts completely in God. This God sees to it that one receives when one asks, that one finds when one seeks, that someone opens the door when one knocks.

Jesus reveals, of course, his absolute trust in God as he becomes the fool on the hill. There he gives his body up and sheds his blood for us, commending, in the end, his spirit into the hands of the Father.

Needless to say, we are wise and rich if we, like Jesus, trust in God. Especially if we are willing to lay down even our lives for others. Instead of trying to get and keep everything for ourselves, thinking foolishly that it is all due to us. But what do we possess that we did not receive? And do we not have co-workers? Surely, moreover, “we live on the patrimony of Jesus Christ, on the sweat of poor people” (SV.EN XI:190).

Lord Jesus, help us put to death all greed, which is idolatry. And may we prefer dialogue to soliloquy, so that we may not be too wise that we distort your teaching. Give us the simplicity of the poor who have the true religion.


4 August 2019

18th Sunday in O.T. (C)

Eccles 1, 2; 2, 21-23; Col 3, 1-5. 9-11; Lk 12, 13-21


VERSIÓN ESPAÑOLA

Sabios y ricos ante Dios junto con Jesús

Jesús no tiene igual entre los sabios y ricos ante Dios. Los que le siguen y viven como él comparten su sabiduría y riqueza.

La gente toma por sabios generalmente a los maestros de la ley. Por eso, se les consulta a ellos incluso para que se resuelvan cuestiones de herencia. No es de extrañar, pues, que alguien, que tiene a Jesús como tal maestro, le pida ayuda con respecto a la herencia.

Dice «no» Jesús. Pero aprovecha él la ocasión para advertir a la gente contra la codicia. Y así les propone una solución radical a un viejo problema.

Ataca Jesús, sí, la raíz de los problemas relativos a las herencias, la brecha entre ricos y pobres, y otras cosas. Y a continuación relata él la parábola del rico insensato. Así pone de relieve su enseñanza de que, por sobrado que ande uno, su vida no depende de sus bienes.

En otras palabras, hay que confiar en Dios en absoluto, y no en la riqueza o en cualquier otra cosa. Para ser sabios, tenemos que aprender a «calcular nuestros años» (Sal 90, 12). Nos engañamos a nosotros mismos cuando soñamos despiertos con poder evitar la muerte por medio del dinero (Sal 49). O con que bajen con nosotros nuestros éxitos y riquezas.

Pero ser sabios y ricos ante Dios quiere decir, sobre todo, seguir a Jesús y vivir como él.

Jesús seguramente pone su confianza total en Dios. Por eso, no le molesta que no tenga donde reclinar la cabeza. No encarcelado en sí mismo, sus intereses o su seguridad, puede él pasar libremente haciendo el bien. Y proclamando la buena noticia.

Y no lleva nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas. Confía totalmente en Dios. Asegura este Dios que se le dé al que pide, que halle el que busca, que se le abra al que llama.

Desde luego, Jesús revela su confianza absoluta en Dios al hacerse el tonto de la colina. Allí entrega su cuerpo y derrama su sangre por nosotros, encomendando finalmente su espíritu a las manos del Padre.

Huelga decir que sabios y ricos somos si, como Jesús, confiamos en Dios. Especialmente si estamos dispuestos siquiera a dar la vida por los demás. En lugar de procurarlo todo, acapararlo todo para nosotros mismos, creyendo insensatamente que todo se debe a nosotros mismos. Pero, ¿qué tenemos que no hayamos recibido? Y, ¿acaso no tenemos colaboradores? Seguramente, además, «vivimos del patrimonio de Jesucristo, del sudor de los pobres» (SV.ES XI:121).

Señor Jesús, ayúdanos a dar muerte a la codicia, que es una idolatría. Y ojalá prefiramos el diálogo al soliloquio, para que no seamos demasiado sabios que distorsionemos tus enseñanzas. Danos la sencillez de los pobres que conservan la verdadera religión


4 Agosto 2019

18º Domingo de T.O. (C)

Ecles 1, 2; 2, 21-23; Col 3, 1-5. 9-11; Lc 12, 13-21