Eighteenth Sunday in Ordinary Time, Year C-2016

From Vincentian Encyclopedia
Rich and precious in the eyes of God

There is no trace of greed in Jesus, and he is most rich in what matters to God.

Jesus refuses to intervene in an inheritance dispute. Perhaps he does not want to do something that others may misconstrue as softness with those who love money. What is certain, however, is that right away he teaches a lesson on the folly of greed and the wisdom of being rich before God. He thus offers a radical solution to disputes.

The lesson makes much sense in the light of the recounted parable. Would not all the toil of someone given to accumulating wealth turn out to be “vanity and a great misfortune” if he does not get to enjoy his possessions because he dies suddenly? In the face of the inevitability and unpredictability of death, we have to recognize that the meaning of life does not lie in our gains or goods.

Yes, Jesus unambiguously states that the affluent who think that life consists of possessions are empty and senseless. Such a statement is even more convincing because he lives up to it. He chooses for himself a way of life much different from that of the hoarders who do not care about those in misery.

Jesus becomes poor for the sake of the poor. He has nowhere to lay his head. He only brings the essentials as he makes the rounds of towns and villages. Renouncing all self-sufficiency, he begs for food, looks for those who may welcome him and knocks on doors.

And this itinerant Evangelizer is not discouraged when he runs right into the wall of rejection. That is why he can teach us with all simplicity and spontaneity: “Ask and you will receive; seek and you will find; knock and the door will be opened to you.”

Nailed to the cross even and feeling forsaken by God, he clings to him just the same. He is obedient to death. Because of this God greatly exalts him and bestows on him the name that is above every name. God declares Jesus rich before him.

If we Christians want to be rich before God, we have to be poor before our fellow human beings. We will work with Jesus in serving the poor, offering our body and blood to those who hunger and thirst for justice. And since they represent to us God’s Son, they too can teach us to be poor and to practice the true religion (SV.EN XI:26, 190)

We will not be like the rich man who says to himself, “Men will praise me for all my success.” Nor shall we drink in the words of those who trust in their wealth and boast of their riches. We will always remember: “In his riches, man lacks wisdom; he is like the beasts that are destroyed.” We will seek what is above.

Lord Jesus, teach us to be rich with your poverty.


July 31, 2016

18th Sunday in O.T. (C)

Eccl 1, 2; 2, 21-23; Col 3, 1-5. 9-11; Lk 12, 13-31


VERSIÓN ESPAÑOLA

Rico y precioso a los ojos de Dios

Sin rastro alguno de codicia, Jesús es el hombre más rico ante Dios.

Rehúsa intervenir Jesús en un litigio de herencia. Quizás no le gusta hacer algo que se pueda malinterpretar como suavidad con los que son muy amigos del dinero. Pero lo cierto es que a continuación enseña una lección el Maestro sobre la insensatez de la codicia y la sensatez de ser rico ante Dios. Propone así una solución radical para los litigios.

La lección tiene mucho sentido a la luz de la parábola contada. ¿No resultará «vanidad y grave desgracia» realmente toda la fatiga del que se dedica a amasar bienes y luego no logra gozarse de ellos debido a una muerte repentina? Ante la inevitabilidad y la imprevisibilidad de la muerte, hemos de reconocer que el sentido de nuestra vida no está en nuestros bienes ni éxitos.

Sí, afirma Jesús inequívocamente la vaciedad sin sentido de los sobrados que creen que su vida depende de sus bienes. Tal afirmación es aún más convincente porque él la vive. Él escoge para sí un modo de vida opuesto al de los acaparadores indiferentes a la miseria de los demás.

Jesús se hace pobre por los pobres. Ni tiene siquiera donde reclinar la cabeza. Lleva solo lo estrictamente necesario mientras recorre ciudades y aldeas. Renunciando a toda autosuficiencia, pide algo de comer, busca a quienes lo acojan y llama a la puerta de los ciudadanos y aldeanos.

Y este Evangelizador itinerante no se desanima al estrellarse contra el muro de rechazo. Por eso, nos enseña con toda naturalidad: «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá».

Incluso ya clavado en la cruz y sintiéndose abandonado por Dios, igual se aferra a él. Se somete a la muerte. Por eso, Dios lo levanta sobre todo y le concede el «Nombre-sobre-todo-nombre». Dios declara a Jesús rico ante él.

Los cristianos, si queremos ser ricos ante Dios, tendremos que ser pobres ante los hombres. Colaboraremos con Jesús en servir a los pobres, ofreciéndoles el cuerpo y la sangre a los que tienen hambre y sed de justicia. Y como nos representan ellos al Hijo de Dios, nos enseñarán también a ser pobres y a practicar la verdadera religión (SV.ES XI:725, 120).

No seremos como el rico que se felicita: «Ponderan lo bien que lo pasas». Ni nos beberemos las palabras de los que confían en su opulencia y se jactan de sus riquezas. Nos acordaremos siempre: «El hombre rico e insconsciente es como un animal que perece». Buscaremos los bienes de arriba.

Señor Jesús, enséñanos a ser ricos con tu pobreza.


31 de julio de 2016

18º Domingo de T.O. (C)

Eccl 1, 2; 2, 21-23; Col 3, 1-5. 9-11; Lc 12, 13-31