Eighteenth Sunday in Ordinary Time, Year C-2013

From Vincentian Encyclopedia
The wisdom of this world is foolishness in the eyes of God (1 Cor 3, 19)

There are not a few of us who like to make godfathers and godmothers of renowned people. Among us Filipinos, the more influential people we have at our disposal, the more assured of favors we feel. There is no way to fit on baptismal or marriage certificates the names of sponsors with their political or professional titles.

It does not strike me as odd, therefore, that someone with a complaint against his brother should go to an emerging teacher. I do not find it strange either that Jesus would decline to mediate. He avoids even the appearance of influence-peddling practiced by some Pharisees. He has accused these fools face to face of greed and uncleanness, the remedy to which is almsgiving (Lk 11, 39-41). And he now goes back to the matter of greed, making a teachable moment of the request of the one who does not know to ask as he ought.

The one who asks does not get what he wants, yet he receives, in accordance with the Gospel promise. Jesus gives much more upon warning: “Take care to guard against all greed.” He proposes a radical solution to inequalities, injustices, conflicts, wars, murders (Jas 4, 2).

The Master teaches that they are fools, those who, relying on wealth, devote themselves to an unfettered amassing of it. If Qoheleth makes us think of our last days so that our efforts, achievements and concerns may not be excessive and in vain, Jesus, for his part, puts before us our mortality to awaken our unconditional trust in God. Money never saves from death. Only God can do anything and suffices. And the wise are those who know it and live according to this knowledge.

So then, Jesus subverts the established order. He turns worldly wisdom into foolishness and takes as wisdom what the world rejects as foolishness (1 Cor 1, 20). In the community which is “an upside-down sign” (Robert P. Maloney, C.M.), the slaves are those who boast of their freedom to do what they like in a free and consumerist market, yet are left consumed by work and worries, exhausted and restless even at night. The free, on the other hand, are found among those who aspire towards heavenly things.

Those held back by earthly things, no matter how many and how valuable their possessions, are paralyzed by the fear of death and have no defense against it. In contrast, those who belong to the little flock, though poor, powerless and without influence, are not afraid, in the midst of trials and tribulations, even of those who kill the body, for they recognize that God takes notice of them and does not undervalue them (Lk 12, 4-6). Their trust in Providence gives them courage also to share spontaneously and liberally what they have, storing thus in heaven an inexhaustible treasure that can neither be stolen nor destroyed (Lk 12, 32-33).

Thus, too, do those who trust in God work for the food that endures for eternal life. And when they are assembled before the one who will dictate the eternal sentence, they will have as mediators the least of the brothers and sisters, not the influential people. These intercessors will say to the Supreme Judge something like (to use St. Vincent de Paul’s words to the Daughters of Charity): “My God, this is the Sister who helped us for love of you; my God, this is the Sister who taught us to know you” (Coste IX, 253).


VERSIÓN ESPAÑOLA

18º Domingo de Tiempo Ordinario C-2013

La sabiduría de este mundo es necedad ante Dios (1 Cor 3, 19)

Nos gusta a no pocos de nosotros hacer padrinos y madrinas de gente renombrada. Entre los filipinos, más influencias de que disponemos, más asegurados de favores nos creemos. No hay manera, por lo ordinario, de que quepan en las partidas de bautismo o matrimonio los nombres de los padrinos con sus títulos políticos o profesionales.

No me resulta curioso, pues, que alguien con una queja contra su hermano acuda a un maestro emergente. Tampoco me extraña que Jesús decline mediar. Evita siquiera la apariencia de ser traficante de influencias, como lo son unos fariseos. A éstos necios les ha echado en cara su codicia y su inmundicia, la que se remedia con dar limosna (Lc 11, 39-41). Y al asunto de codicia va de nuevo, aprovechando, para enseñar, la petición del que no sabe pedir lo que le conviene.

El que pide no recibe lo que quiere, pero a él se le da, conforme a la promesa evangélica. Jesús da mucho más al advertir: «Mirad; guardaos de toda clase de codicia». Propone una solución radical para las desigualdades, discordias, injusticias, guerras, matanzas (Stgo 4, 2).

Enseña el Maestro que son necios cuantos, fiándose de las riquezas, se dedican a la acumulación desenfrenada de ellas. Si Qohelet nos hace pensar en el desenlace para que no sean inmoderados y en vano nuestros esfuerzos, logros y preocupaciones, Jesús, por su parte, nos pone delante nuestra mortalidad para despertar nuestra confianza incondicional en Dios. El dinero no salva jamás de la muerte. Solo Dios lo puede todo y basta. Y son sabios quienes lo saben y viven según este conocimiento.

Así pues, subvierte Jesús el orden establecido. Convierte la sabiduría mundana en necedad y toma por sabiduría lo que el mundo desecha como necedad (1 Cor 1, 20). En la comunidad que es «un signo boca abajo» (Robert P. Maloney, C.M), los esclavos son los jactanciosos de su libertad para hacer lo que les dé la gana en un mercado libre y consumista, pero quedan consumidos por los trabajos y afanes, desbordados por la fatiga y sin descansar aun de noche. Los libres, en cambio, se encuentran entre aquellos que aspiran a los bienes celestiales.

Los refrenados por los bienes terrestres, por muchas y muy valiosas sus posesiones, están paralizados por el temor a la muerte y no tienen defensa contra ella. Por el contrario, los del pequeño rebaño, aunque pobres, sin poder ni influencia, no temen, en medio de pruebas y tribulaciones, ni incluso a los que matan el cuerpo, porque reconocen que Dios no se olvida de ellos ni los descuenta (Lc 12, 4-6). Su confianza en la Providencia les da valentía también para compartir espontánea y liberalmente lo que tienen, acumulando así en el cielo un tesoro inagotable que no se puede robar ni destruir (Lc 12, 32-33).

Asimismo los que confían en Dios se procuran el alimento que dura para la vida eterna. Y cuando se congreguen ante el que dictará la sentencia eterna, tendrán a los más pequeños hermanos como mediadores, no a gente influyente del mundo. Dirán al Juez Supremo estos intercesores algo como (por usar las palabras de san Vicente de Paúl a las Hijas de la Caridad): «Dios mío, ésta es la que nos asistió por tu amor; Dios mío, ésta es la que nos enseñó a conocerte» (IX, 241).