Eighteenth Sunday in Ordinary Time, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
It is written: “One does not live by bread alone, but by every word that comes forth from the mouth of God” (Mt. 4:4—NABRE)

The invitation to a meal is not only so that the animal part of human nature may be satisfied. It is not enough for us human beings just to eat. We are not satisfied even when we sit next to our fleshpots and eat our fill of bread. Nor does the remembrance of plenty make us happy; it only makes worse our disgust. The key that opens the door to full satisfaction is the vision of signs.

The common table is a sign of fellowship. It refers, first of all, to fellowship with Jesus. As the shepherd whom God raised up, Jesus gives us repose in verdant pastures and lays out a banquet before us (Ps. 23). He is God’s witness to the peoples and through him the everlasting covenant is renewed (Is. 55). The hunger and thirst that the spiritual part of human nature has are fully satisfied, without anyone working for what perishes and does not fill, through attention to God’s word.

And if we really hear and observe the Word, we will be able to rise above the merely animal. We will not be like the princes among the pagans (Mk. 10:42); we will not settle for the law of the jungle that spells the tyranny of the strong and the survival of only the fittest. Contemplating the Crucified in the manner of St. Bridget, we will receive great revelations, being basic the revelation that Jesus is victor precisely because of his being victim, as St. Augustine puts it [1]. And so, we will put away the old self and, putting on the new self, we shall live according to the new commandment that we love one another as Jesus has loved us.

Jesus loves us so much that he invites us to supper and shows the depth of his hospitality by washing our feet and giving us a model to follow, so that we do likewise (Jn. 13:1-17). And his preference for fellowship with the poor is confirmed by the fact that he invites us who have no way of repaying him (Lk. 14:13-14).

Hence, fellowship with Jesus entails fellowship with all the guests, especially with the poor. The Christian who pays no attention to those who have nothing—a caricature of a Christian, says St. Vincent de Paul [2]—and lets them to go hungry and thirsty, while he himself gorges on food and even gets drunk, shows his ignorance of the meaning of the breaking of bread. He will end up eating and drinking judgment on himself and condemning himself to death (1 Cor. 11:17-33), along with those of the 1% who deep down recognize only the dollar’s might and are insensitive to the plight of the most vulnerable among the 99%. They are even less deserving of emulation and election those who, like Ananias and Sapphira, want to have it both ways (Acts 5:1-10).

No, he will not hunger ever, the one who goes to Jesus; whoever believes in him will never thirst. Nor will he let, if he has truly passed from death to life, others to go hungry or thirsty (1 Jn. 3:14-15). He will see to it that the Eucharist is indeed the symbol and pledge of the joyful and delightful communion in the coming messianic banquet (Is. 25:6; Lk. 22:16).


NOTES:

[1] Cf. the collect prayer for July 23, the memorial of St. Bridget, and the non-biblical reading in the Office of Readings, Liturgy of the Hours, for Friday of the Sixteenth Week in Ordinary Time.
[2] P. Coste XII, 271.


VERSIÓN ESPAÑOLA

18° Domingo de Tiempo Ordinario, Año B-2012

Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4)

La invitación a una comida no es sólo para que se satisfaga la parte animal del hombre. A los hombres no nos basta con comer. No estamos satisfechos aun sentados junto a las ollas de carne y comiendo pan hasta saciarnos. Ni nos contentamos con el recuerdo de la abundancia; esto sólo hace peor nuestro disgusto. La llave que abre la puerta de plena satisfacción es la visión de los signos.

La mesa común es signo de la convivencia. Se refiere, primero que todo, a la convivencia con Jesús. Como el pastor suscitado por Dios, Jesús nos hace recostar en verdes praderas y nos prepara comida espléndida. Él es el testigo de Dios para los pueblos y por medio de él se sella la alianza perfecta. El hambre y la sed que tiene la parte espiritual del hombre se satisfacen, sin que se trabaje por lo que no dura ni da hartura, mediante la atención a la Palabra de Dios.

Y si realmente escuchamos y cumplimos la Palabra, nos sobrepondremos a lo mero animal. No seremos como los magnates entre los paganos; no nos conformaremos con la ley de la selva que significa la tiranía de los más fuertes y la supervivencia de sólo los más aptos. Contemplando al Crucificado al modo de santa Brígida, recibiremos grandes revelaciones, siendo básica la de que Jesús es vencedor precisamente por ser víctima, como lo expresa san Agustín. Así que nos despojaremos del hombre viejo y, revistiéndonos del hombre nuevo, viviremos de acuerdo con el mandamiento nuevo de que nos amemos unos a otros como Jesús nos ha amado.

Tanto nos ama Jesús que nos invita a cenar y practica la hospitalidad a lo extremo, lavándonos los pies y dándonos ejemplo para que hagamos lo mismo. Y queda confirmada su preferencia por la convivencia con los pobres por el hecho de que él invita a nosotros que no tenemos con qué pagarle.

Convivir, pues, con Jesús supone convivir también con todos los convidados, especialmente con los pobres. El cristiano que no les hace caso a los que nada tienen—un cristiano en pintura, según san Vicente de Paúl (XI, 561)—y deja que ellos pasen hambre y sed, mientras él come hasta hartarse y bebe hasta embriagarse, muestra su ignorancia del significado de la fracción del pan. Acabará comiendo y bebiendo su propio juicio y condenándose a la muerte, junto con los del 1% que en el fondo reconocen sólo el poder del dólar y son insensibles ante los apuros de los más vulnerables del 99%. Aun menos dignos de emulación y de elección son aquellos que quieren, como Ananías y Safira, estar en misa y repicando.

No, no tendrá hambre el que va a Jesús; jamás tendrá sed quien en él cree. Ni permitirá, si realmente ha pasado de la muerte a la vida, que otros tengan hambre o sed. Procurará que la Eucaristía sea símbolo y prenda de la comunión gozosa y deleitable en el venidero banquete mesiánico.