Eighteenth Sunday in Ordinary Time, Year A-2014

From Vincentian Encyclopedia
The love of God in Christ Jesus (Rom 8, 39)

Jesus sets a table before us in the sight of our foes. He wants us to have our fill of God’s goodness, to know more intimately his Father and be imbued with his Spirit so that we may love one another better.

Like the Shepherd of Israel, the Good Shepherd makes sure his flock lacks nothing. He orders the people to sit down on the grass, as the sheep are made to lie down in green pastures. He then blesses and multiplies a small and anonymous contribution, and makes use of the disciples for the distribution. About five thousand eat to their satisfaction, not counting women and children. Moreover, leftover fragments fill twelve wicker baskets. That is how effective Jesus’ tender compassion is. He is the embodiment of God’s goodness and kindness that follow us all the days of our lives.

Without doubt, we are moved with pity when we see the misery of our brothers and sisters, and hear about the humanitarian crisis at the borders of developed countries, for example. But are we not among the infertile who, according to St. Vincent de Paul (Coste XI:40), stop at pious platitudes? Nowadays, women and children who are undocumented immigrants certainly get counted. But what good is there really in counting them, if we do nothing for them?

Jesus welcomes those who seek to be nourished by his healing and life-giving words even in a deserted place and till late. He does not send anybody away. How about us? Do we not prefer that they be deported, those who, attracted to our countries and probably misinformed, brave the terror of the night and the dangers in deserted places? Do we no longer believe that in every crisis we will conquer overwhelmingly through him who has loved us?

Do we lack completely the creativity of Christian love that teaches us to turn times of misfortune and trial into times of grace and acquittal, to share our possessions and become Jesus’ humble instruments, without craving for recognition? Do we avail, responsive to the promptings of the Spirit, of every opportunity to make a contribution so that the poor may eat and have their fill, recover their strength and, above all, experience God’s comforting and saving presence?

We Christians can keep on partaking of the Lord’s Table in the security of our churches. But if we let anyone go hungry or shame those who have nothing or treat others as leftovers to throw away, we will never have our fill. Whoever eats and drinks without discerning the body of Christ in the poor eats and drinks judgment on himself, and ends up weak, sick and even dying.


VERSIÓN ESPAÑOLA

18º Domingo de Tiempo Ordinario A-2014

El amor de Dios manifestado en Cristo Jesús (Rom 8, 39)

Jesús nos pone delante una mesa frente a nuestros enemigos. Quiere que nos saciemos de la bondad de Dios, conozcamos más íntimamente a su Padre, y nos imbuyamos de su Espíritu para amarnos mejor unos a otros.

Al igual que el Pastor de Israel, asegura el Buen Pastor que nada le falte al rebaño. Jesús manda a la gente recostarse en la hierba, así como se les hace recostar a las ovejas en verdes praderas. Bendice luego y multiplica una aportación pequeña y anónima, y se sirve de los discipulos para el reparto. Y comen hasta satisfacerse cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. Se recogen además doce cestos llenos de sobras. Así de efectiva es la compasión entrañable de Jesús. Él es la encarnación de la bondad y la misericordia de Dios que nos acompañan todos los días de nuestra vida.

Sin duda, nos da mucha lástima ver la miseria de muchos hermanos y oír, por ejemplo, de la crisis humanitaria en las fronteras de países desarollados. Pero, ¿no nos incluimos entre los infecundos cuyo amor y cuya compasión se detienen, según san Vicente de Paúl (XI:733), en pláticas piadosas? Hoy se les cuenta ciertamente a mujeres y niños inmigrantes indocumentados. Pero, ¿qué valor hay realmente en contarlos si, total, nada hacemos por ellos?

Jesús acoge a los que buscan nutrirse de sus palabras sanadoras y vivificadoras hasta en un lugar apartado y hasta hacerse tarde. No despide a nadie. Y nosotros, ¿no preferimos que se les deporte a los que, atraídos por nuestros países y mal informados probablemente, afrontan el espanto nocturno y los peligros de un sitio despoblado? ¿Ya no creemos que en toda crisis venceremos fácilmente por aquel que nos ha amado?

¿Acaso nos falta completamente la creatividad del amor cristiano que nos enseñe a convertir los momentos de desgracia y prueba en momentos de gracia y acreditación, a compartir nuestras posesiones y hacernos humildes instrumentos de Jesús, sin apetecer ningún reconocimiento? ¿Aprovechamos, sensibles al Espíritu, toda oportunidad para contribuir a que los desvalidos coman hasta saciarse, recuperen sus fuerzas y sobre todo experimenten la presencia consoladora y salvadora de Dios?

Los cristianos podemos seguir participando de la Mesa del Señor en la seguridad de nuestras iglesias. Pero si dejamos que alguien pase hambre o avergocemos a los que nada poseen o tratamos a otros como sobras desechables, nunca quedaremos satisfechos. Quien come y bebe sin discernir el cuerpo de Cristo en los pobres se come y se bebe su condena, y termina débil, enfermo y aun moribundo.