Easter Sunday, Year B-2015

From Vincentian Encyclopedia
God raised him on the third day (Acts 10, 40)

In the risen Jesus is the foolishness of the cross exalted. By the Lord has this been done!

By grace Peter and the beloved disciple believe. Although the appearances of the Risen One will later confirm their faith, the two, without having seen Jesus rise with their own eyes, come to understand, on the tenuous basis of the empty tomb, the testimony of Scripture about his resurrection.

Just as wonderful to are eyes are the resurrection of Jesus and the dispelling of the darkness of dawn in the light of day, so also is the faith of the previously incredulous and disappointed by the death of their Master, and later stunned by the announcement, “They have taken the Lord from the tomb.” Faith in the Risen One is a divine gift.

This faith is due neither to human knowledge that demands scientific proofs or undeniable empirical evidences. Rather, faith is a matter of foolishness.

The foolishness lies in that faith is its own justification. If believers find no explanation sufficient, believers, for their part, find no explanation necessary. These “believe simply, without delving into things” in the manner of the poor among whom true religion is preserved, according to St. Vincent de Paul (FrXI:201).

Not that those who live by faith are naïve. They are as sane as those of us who accept ourselves as natural children of our mothers even if we have not seen them give birth to us and without DNA test. They are no less reasonable than those who, stopped at the red light, proceed with little hesitation when the light turns green; that there are accidents sometimes, this only shows that what is commonly taken as sure knowledge turns out to be really only belief.

Faith is neither fanatical nor triumphalist. Those who are grounded in it endure suffering and shame, for they know whom they have believed and they recognize the gratuity of faith; they do not bring sufferings and insults to others, arrogantly imposing themselves on them. They come weak, fearful and trembling. They are determined to know and proclaim nothing except Christ crucified, foolishness and weakness to the earthbound, but to those who are focused on what is above, the wisdom and power of God.

And the more we Christians, living the commitment that is memorialized in the Eucharist, find the wisdom of God in what humans consider foolish and contemptible (St. Vincent–FrXI:131), the more persuasive and contagious our witness to the Risen One and to the wisdom of his cross.

Lord, open our eyes and hearts, so that we may see and welcome the wisdom in the foolishness of Calvary.


VERSIÓN ESPAÑOLA

Domingo de Resurrección B-2015

Dios lo resucitó al tercer día (Hech 10, 40)

En Jesús resucitado se exalta la necedad de la cruz. ¡Es el Señor quien lo ha hecho!

Por gracia creen Pedro y el discípulo amado. Aunque las apariciones más adelante del Resucitado les afianzará la fe, los dos, sin haberlo visto resucitar con sus propios ojos, llegan a entender el testimonio de la Escritura sobre la resurrección a base tenue del sepulcro vacío.

Así como son milagros patentes la resurrección de Jesús y la disipación de la oscuridad del amanecer en la plena luz del día, lo es también la fe de los anteriormente incrédulos y desilusionados por la muerte de su Maestro, y asombrados luego por el anuncio: «Se han llevado del sepulcro al Señor». La fe en el Resucitado es un don divino.

Esta fe no se debe al conocimiento humano que exige pruebas científicas o evidencias empíricas innegables. La fe es cuestión más bien de locura.

La locura está en que la fe tiene a sí misma por justificación. Si los no creyentes no encuentran suficiente ninguna explicación, los creyentes, por su parte, no necesitan explicación alguna. Éstos «creen sencillamente, sin hurgar», al modo de los pobres entre quienes se conserva la verdadera religión, según san Vicente de Paúl (EsXI:120).

No es que los que viven por la fe sean ingenuos. Son tan sanos como los que nos reconocemos hijos naturales de nuestras madres aun sin haberlas visto darnos a luz y sin prueba de ADN. No son menos razonables que los detenidos en la luz roja del semáforo quienes proceden con poca vacilación al cambiarse la roja en verde; que haya accidente a veces, esto demuestra que lo comúnmente considerado como conocimiento cierto resulta ser solo creencia.

Ni es fanática ni imperialista la fe. Los arraigados en ella soportan sufrimientos y vergüenzas, porque saben en quién han creído y reconocen la gratuidad de la fe; no hacen sufrir ni afrentan a otros, imponiéndoseles con arrogancia. Se presentan débiles y temblando de miedo. Están decididos a saber y predicar nada sino a Cristo crucificado, necedad y debilidad para los anclados en la tierra, pero sabiduría y fuerza de Dios para los centrados en los bienes de arriba.

Y tanto más descubrimos los cristianos, viviendo nosotros la entrega que se conmemora en la Eucaristía, la sabiduría de Dios en lo tomado por locura y bajeza por los hombres (san Vicente—EsXI:53), cuanto más persuade y contagia nuestro testimonio del Resucitado y de la sabiduría de su cruz.

Señor, ábrenos los ojos y el corazón, para que veamos y acojamos la sabiduría en la locura del Calvario.