Easter Sunday, Year B-2012

From Vincentian Encyclopedia
Just so, your light must shine before others (Mt. 5:16—NABRE)

If I have Mary of Magdala’s longing, I will not let the darkness of my innumerable sins and faults to be a reason for my delaying to go. I will be convinced, while it is still dark, that soon I will be bathed in the full light of Christ’s day and the darkness will never overcome it (Jn. 1:5). I will not try, on account of my evil works, to flee from Jesus; rather, I will draw close to him, so that very soon his brilliance will penetrate even the deepest and most secret dark recesses of my being (Jn. 3:19-21; 15:3).

And let my fears and worries, say, about possibly losing someone precious and dear, be brought to light. To admit them without reservations, like confessing my sins, using even the majestic plural—or maybe the respectful plural of the Tagalog language spoken in the Philippines—and to stay there crying while facing the emptiness that looks me in the eye, this could very well serve as an invitation to the compassionate Jesus to appear to me and to console me.

But it is also fitting that I stay calm and guarded in the manner of Peter and of the beloved disciple. They appear to be weighing the evidence. Could it be that it is at the sight of the burial clothes, including the cloth that covered Jesus’ head, that the beloved disciples comes to believe and he and Peter get to understand the Scripture? We are told the two return home. There is no mention of them saying something or showing any emotion. But it appears calm does make for understanding. And there is a prophecy, of course, that says that by calm one is saved and in quiet and in trust lies strength (Is. 30:15).

Both reason and emotion, then, play a role. God makes use of the reasonable and the emotional. But when all is said and done, what matters is not being carried away either by reason and understanding or by emotion and intuition. What is important is that one, like Mary of Magdala, meets Jesus; in him neither understanding nor feeling counts, but only faith similar to that of the beloved disciple.

Sometimes such faith demands that they break the rigid cerebral mold and come down from their thrones and out of their palaces, those official teachers who are steeped in doctrine. Through such rupture, descent and outing, they may well come to be among their people as servants and as good shepherds who know their sheep and are known by them [1]. The same faith also requires at times that those who easily succumb to their emotions pay attention to the reasoning of the official magisterium and admit the possibility of their vision being clouded by passion [2].

But above all I have to admit that such faith works through love (Gal. 5:6; 1 Jn. 3:23). Without love, I remain in darkness, dead, not risen, which puts in doubt Jesus’ resurrection (1 Jn. 2:9; 3:14; 1 Cor. 15:13). But if I go about doing good, then I witness to the Risen One and aspire to what is above. Faith in the risen Jesus impels me, then, to attend to every poor person that I come into contact with, even if attending to him may only mean, as St. Vincent de Paul points out, giving a gesture of friendliness and kindness or saying in the right way a kind word from the heart [3].

So in effect, to have faith is to see Jesus crowned with glory and honor because he suffered death (Heb. 2:9). It is to acknowledge that the one in whom there is neither stately bearing to make us look at him nor appearance that will attract us to him, the one spurned and avoided, is Jesus himself (Is. 53:2-3). Indeed, as St. Vincent teaches, if I turn the medal, I will see by the light of faith that the poor, who frequently do not appear to have the appearance or the mental capacity of reasonable beings, are the ones who represent to us the Son of God [4].

Having the faith that works through love, I can count on my darkness turning into full light of day and on not be guilty of sinning against the body and blood of the Lord (Is. 58:10; 1 Cor. 11:27).

NOTES:

[1] Christus Dominus 16.
[2] Cf. Lumen Gentium 37.
[3] P. Coste X, 331.
[4] Ibid., XI, 32.


VERSIÓN ESPAÑOLA

Domingo de Resurrección, Año B-2012

Alumbre asi vuestra luz a los hombres (Mt. 5, 16)

Si tengo el anhelo de María Magdalena, no dejaré que me detenga la oscuridad de mis innumerables pecados y faltas. Estaré convencido, cuando aún está oscuro, de que la plena luz de Cristo no tardará en inundarme y jamás la derrotarán las tinieblas (Jn. 1, 5). No trataré de huir a causa de mis obras perversas, sino que me acercaré a Jesús, para que muy pronto penetre su brillo hasta en los más profundos y secretos rincones oscuros de mi ser (Jn. 3, 19-21; 15, 3).

Y que se saquen a luz mis angustias y preocupaciones por la posible pérdida, por ejemplo, de alguien precioso y querido. Reconocerlas sin reservas, igual que confesar mis pecados, sirviéndome aún del plural mayestático,—o quizás del plural deferente del idioma tagalo hablado en Filipinas—, y quedarme allí llorando inconsolable frente al vacío que me mira a los ojos, esto a lo mejor serviría de invitación a Jesús compasivo a que se me aparezca y me consuele.

Pero también conviene que me quede tranquilo y mesurado a la manera de Pedro y del discípulo amado. Parecen estar evaluando la evidencia. ¿No sería en vista de las vendas y del sudario dentro del sepulcro vacío que llega a creer el discípulo amado y logran él y Pedro entender la Escritura? Se nos cuenta que los dos vuelven a su casa. No hay mención de si dicen algo o muestran alguna emoción. Pero parece que la tranquilidad contribuye sí a la comprensión. Y hay una profecía, desde luego, que dice que en la calma está la salvación y en la serenidad y la confianza, la fuerza (Is. 30, 15).

Así que tanto la razón como la emoción desempeñan un papel y se sirve Dios de los cognitivos y de los intuitivos. Pero a fin de cuentas, lo importante no es el dejarse llevar o por la razón y el entendimiento o por la emoción y la intuición. Lo que vale es que uno se encuentre, como María Magdalena, con Jesús resucitado; en él no cuenta ni el entendimiento ni el sentimiento, sino la fe como la del discípulo amado.

A veces exige tal fe que se salgan del molde cerebral rígido y se bajen de sus tronos y sus palacios aquellos maestros oficiales que están empapados de la doctrina. Tal salida y tal bajada quizás los llevarán a comportarse en medio de los suyos como servidores y como pastores buenos que conocen a sus ovejas y son conocidos por ellas (Christus Dominus 16). La misma fe requiere también de vez en cuando que presten aquellos que fácilmente sucumben a sus emociones más atención al razonamiento del magisterio oficial y reconozcan que las pasiones posiblemente les nublen la visión (cf. Lumen Gentium 37).

Pero sobre todo he de admitir que esta fe obra mediante el amor (Gal. 5, 6; 1 Jn. 3, 23). Sin el amor, permanezco en la oscuridad, muerto, no resucitado, lo que pone en duda la resurrección de Jesús (1 Jn. 2, 9; 3, 14; 1 Cor. 15, 13). Pero si ando haciendo el bien, testigo soy del Resucitado y aspiro a los bienes de arriba. La fe en Jesús resucitado me apremia, pues, a hacerle caso a todo pobre que se me presenta, aunque quizás el hacer caso sólo consista, como dice san Vicente de Paúl, en mostrar cordialidad o dulzura, o en decir con el debido espíritu una buena palabra del corazón (IX, 916).

Efectivamente, pues, tener fe es ver a Jesús coronado de gloria y de honor por haber padecido la muerte (Heb. 2, 9). Es reconocer que el que se ve «sin aspecto atrayente, sin gracia ni belleza, despreciado y rechazado» es Jesús mismo (Is. 53, 2-3). De verdad, como enseña san Vicente, si le doy vuelta a la medalla, veré con la luz de la fe que los pobres que con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas son los que nos representan al Hijo de Dios (XI, 725).

Teniendo la fe que obra mediante el amor, puedo contar con que se me convierta la oscuridad en pleno día y con no ser culpable de pecar contra el cuerpo y la sangre del Señor (Is. 58, 10; 1 Cor. 11, 27).