Christmas, Year B-2011

From Vincentian Encyclopedia
Unless you turn and become like children, you will not enter the kingdom of heaven (Mt. 18:3—NABRE)

It looks like where capitalism prevails, in rich countries especially, to celebrate Christmas is just another opportunity to multiply profit and to grow capital. And since we Christians are still in the world, even though we are not of the world (Jn. 15:19; 17:11, 14), we cannot and do not want to avoid altogether the selling and the buying, the producing and the consuming. The human condition is no doubt subject to the influence of the market, among other things, to its fluctuations, and tied to so many needs, limitations and vicissitudes of human existence.

And the divine Word, by becoming flesh, shared the human condition in everything but sin. Not only did Jesus Christ not regard equality with God something to be grasped, but he also emptied himself and took the form of a slave. Found in human appearance, he humbled himself.

Needless to say, the Lord’s self-emptying and humiliation culminated in his obedience unto death, even death on the cross, through which the new Adam reversed the disobedience of the old Adam who let himself get carried away by a desire to be like God. But what Jesus declared finished or consummated on the cross, the mystery fully revealed there, was already present, was already be visible, in the manger. The crucifixion scene is nothing more than the complete and the widest projection of the manger scene.

The good news of salvation, then, refers both to the time when Jesus consummated his mission on Calvary and to the time that came for the baby to be born in Bethlehem; the glory of the Lord, to which true Christians testify, is related to the glory that shone in the darkness of the crucifixion as well as to the glory that enveloped the shepherds in Bethlehem. Hence, the good news of the manger should be mentioned and not overlooked. Said St. Vincent de Paul in a letter to a missionary: “There is nothing new around here other than the mystery that is approaching and which will make us see the Savior of the world reduced to nothingness under the form of a child. I hope that we will be together at the foot of his crib in order to ask him to draw us with him into his humiliation” [1].

This good news of the birth of the Word incarnate, “human to the utmost in a way that only God can be”—to borrow a phrase from Father José Antonio Pagola [2]—makes it known in part that we need not reject our humanity in order to be like God. Far from imitating the old Adam, we ought to recognize our humble origin and know ourselves in order to be true to ourselves as beings formed by God out of the clay of the ground. Our humanity, along with everything that particularizes and constraints it, like genealogy, race, culture, sex, time, space, is not in itself an obstacle to our becoming divine.

The lowly, like the shepherds, those who stand on truth, those aware of their nothingness and littleness and of their need for God, these are the ones who find favor with God. And God makes use of them, the apostle St. Paul assures us, to bring about our salvation and make us capable of living temperately, justly and devoutly, of rising above our particularities and limitations, so we may become human beings with a universal outlook, human beings for all other humans, and people who are strong because we are weak (2 Cor. 12:10).

Jesus Christ emptied and humbled himself, and so “God greatly exalted him and bestowed on him the name that is above every other name” (Phil. 2:9; cf. Heb. 2, 9). The sign of an infant wrapped in swaddling clothes, like any other ordinary infant, and lying in a manger points to the same: the smallest and most ordinary is the greatest and most extraordinary; the helpless one who offers himself as food is the most powerful Savior who promises to those who are detached, for his and the poor’s sake, inexhaustible treasures and profits that no thief can steal nor moth destroy (Lk. 12:33).

NOTES:

[1] P. Coste VI, 150.
[2] Cf. http://somos.vicencianos.org/comentarios/2011/11/28/ciclo-b-domingo-2%C2%BA-de-adviento-reflexion-de-jose-antonio-pagola/ (accessed December 20, 2011).


VERSIÓN ESPAÑOLA

Natividad del Señor, Año B-2011

Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos (Mt. 18, 3)

Parece que donde prevalece el capitalismo, en los países ricos especialmente, celebrar la Navidad es tener una oportunidad más de multiplicar las ganancias y acrecentar el capital. Y como los cristianos estamos todavía en el mundo a pesar de que no somos del mundo (Jn. 15, 19; 17, 11. 14), no podemos—ni querremos—evitar del todo el vender y el comprar, el producir y el consumir. La condición humana está sometida sin duda al influjo del mercado, entre otras cosas, al vaivén de éste, y atada a tantas necesidades, limitaciones y vicisitudes de la existencia humana.

Y la condición humana compartió en todo menos en el pecado la Palabra divina al hacerse carne. Jesucristo no sólo no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que también tomó la condición de esclavo, despojándose de su rango. Se humilló, actuando como un hombre cualquiera.

Huelga decir que la anonadación, la humillación, de nuestro Señor culminó en su obediencia hasta a la muerte y muerte de cruz, por la que el nuevo Adán contrarrestó la desobediencia de aquel viejo Adán que se dejó llevar por el deseo de ser como Dios. Pero lo que Jesús declaró cumplido o consumado en la cruz, el misterio que allí se reveló plenamente, ya se presentaba, ya era visible, en el pesebre. La escena de la crucifixión no es nada más que la completa y la más ancha proyección de la escena del pesebre.

La buena noticia de salvación, pues, se refiere tanto al tiempo que se le cumplió a Jesús en el Calvario como al tiempo que se le cumplió a la Virgen María en Belén; la gloria del Señor, de la cual son testigos los verdaderos cristianos, se relaciona a la gloria que brilló en las tinieblas de la crucifixión y asimismo a la gloria que envolvió a los pastores en Belén. Por eso, la buena nueva del pesebre es novedad también que no se debe dejar de mencionar o pasar por alto. Así, pues, dijo san Vicente de Paúl en una carta a un misionero: «Por aquí no tenemos más novedad que el misterio que se nos acerca y que nos hará ver al Salvador del mundo como anonadado bajo la forma de un niño. Espero que nos encontraremos juntos a los pies de su cuna para pedirle que nos lleve tras él en su humillación» (VI, 144).

Esta buena nueva del nacimiento del Verbo encarnado, «profundamente humano, tan humano que sólo Dios puede ser así»—por citar una frase del Padre Pagola—da a conocer en parte que para ser como Dios los hombres no tenemos que rechazar nuestra humanidad. Lejos de imitar al viejo Adán, debemos reconocer nuestro origen humilde y conocernos a nosotros mismos para ser sinceros con nosotros mismos y fieles a la verdad de que Dios nos formó del polvo, del barro. La humanidad, junto con todo que la particulariza y constriñe, como la genealogía, la raza, la cultura, la sexualidad, el tiempo, el espacio, no es por sí mismo un obstáculo a la divinización.

A los humildes, como los pastores, a los que se basan en la verdad, a los conscientes de su nada y pequeñez y de su necesidad de Dios—a éstos se les concede precisamente el favor de Dios. Y de ellos, como nos asegura el apóstol san Pablo, se sirve Dios para llevar a cabo nuestra salvación y hacernos capaces de llevar una vida sobria, honrada y religiosa, y de sobreponernos a nuestras particularidades y limitaciones, y convertirnos en hombres con punto de vista universal, hombres para todos otros hombres, y en gente fuerte siendo débil (2 Cor. 12, 10).

Jesucristo se rebajó y se humilló, «por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”» (Fil. 2, 9; cf. Heb. 2, 9). Lo mismo indica la señal de un niño envuelto en pañales, como cualquier otro niño ordinario, y acostado en un pesebre: el más pequeño y más ordinario es el más grande y más extraordinario; el que indefenso se ofrece como comida es el poderoso Salvador que promete a los desprendidos, por él y por los pobres, inagotables tesoros y ganancias que no lograrán robar los ladrones ni podrá roer la polilla (Lc. 12, 33).